HUÉRFILOS– Padres cuyos hijos han fallecido.

El programa abre con la presentación del tema central: “huérfilos”, es decir, padres y madres cuyos hijos han fallecido. Desde el inicio se plantea que no es solo un asunto íntimo o familiar, sino también un fenómeno social atravesado por silencios, incomodidades y creencias instaladas. En esta emisión, Paloma introduce a dos invitados: Alfonso Calvo y Mari Carmen Bonillo, quienes hablan desde su propia experiencia y desde un propósito compartido: romper el tabú que rodea la muerte —y especialmente la muerte de un hijo— y dar herramientas para comprender y acompañar mejor estos duelos. 

Alfonso se presenta explicando el hecho que marcó su vida: su hijo fue asesinado a los 23 años, cinco años antes del programa. A partir de ahí, describe que ese acontecimiento se convirtió en el “leitmotiv” de su existencia y en el motor de una lucha personal y social: combatir el tabú. Según expresa, en muchos contextos sociales la muerte apenas se menciona “en hospitales” o en espacios religiosos, y fuera de ahí suele evitarse como tema. Esta evitación se intensifica cuando el fallecido es un hijo, porque la situación se vive como algo “contra natura” y genera una reacción de repliegue en el entorno: la gente no sabe qué decir, teme “contagiarse” del dolor o incluso se activa un miedo supersticioso (como si acercarse a ese sufrimiento pudiera atraer una desgracia similar). 

En ese marco, Alfonso utiliza una imagen potente: los padres que han perdido un hijo pasan a convertirse en una especie de “apestados sociales”. No lo plantea como un insulto hacia nadie, sino como un diagnóstico de un mecanismo colectivo: la sociedad, por incomodidad y miedo, se aleja. Esa distancia puede ser devastadora, porque el duelo no solo trae ausencia, sino también aislamiento. Para Alfonso, parte de su misión consiste en normalizar la conversación sobre la muerte y, en particular, sobre la muerte de los hijos, aportando información y desmontando ideas preconcebidas sobre cómo “debe” comportarse una persona en duelo. 

A continuación, Mari Carmen se presenta con una historia igualmente dura: relata que perdió a su hijo por una negligencia médica durante el parto y que el segundo hijo “fue la causa” de ese fallecimiento, tal como aparece en la transcripción automática. También menciona que posteriormente vivió un aborto. Su intervención se centra en lo emocional y en la experiencia íntima: cuenta que nadie imagina, al convertirse en madre, que un momento de ilusión pueda romperse “de forma tan brutal”, y describe el duelo como una herida que “desgarra” profundamente. Pero Carmen introduce un elemento que el programa subraya con fuerza: ella ha desarrollado resiliencia apoyándose en algo que suele generar sorpresa y juicio social: el sentido del humor

Esa parte del programa apunta a una idea clave: existen “creencias aprendidas” (creencias socialmente asumidas) sobre cómo debe ser el duelo. Carmen señala que a menudo se espera que la madre que perdió un hijo se muestre permanentemente abatida, casi como un símbolo de tristeza constante; y cuando aparece una actitud risueña o un intento de volver a vivir, el entorno lo interpreta como algo “raro” o incluso incorrecto. Ella plantea lo contrario: el humor no niega el dolor ni borra la pérdida, pero puede ser un recurso para sostener lo insoportable, para recuperar momentos de aire y para seguir adelante sin traicionar el amor por el hijo fallecido. En este sentido, el programa no idealiza la resiliencia, sino que muestra que cada persona encuentra caminos propios; lo importante es no juzgar esos caminos desde estereotipos del “buen duelo”. 

Otro eje fundamental del episodio es el lenguaje. Se explica que, durante mucho tiempo, en muchos idiomas existía la palabra “huérfano” para quien pierde a sus padres y “viudo” para quien pierde a su pareja, pero no existía un término extendido para nombrar a los padres que pierden a un hijo. La conversación remarca el impacto de esa ausencia: cuando no hay una palabra, cuesta construir un “mapa mental” compartido; se hace más difícil hablar, pedir ayuda, crear comunidad o incluso legitimar socialmente lo que se vive. Nombrar permite que exista conversación; y la conversación permite que exista acompañamiento. Por eso, introducir y difundir el término “huérfilo” no se plantea como una cuestión estética, sino como un acto de reconocimiento: poner nombre a una realidad para que deje de quedar relegada al silencio. 

Desde ese punto, el episodio funciona como una invitación a mirar el duelo por la muerte de un hijo con más humanidad y menos automatismos culturales. Alfonso y Carmen, desde vivencias diferentes, coinciden en algo: el dolor no tiene un único guion, y el entorno a menudo falla no por falta de cariño, sino por miedo y por falta de herramientas. La “convención social” de no hablar de la muerte deja a muchas familias sin un espacio donde ser escuchadas. Y cuando el entorno se aparta, el sufrimiento se multiplica: no solo se llora la ausencia del hijo, también se sufre la sensación de que la vida se volvió “inmencionable” para los demás. 

En conjunto, el programa busca dos objetivos complementarios. El primero es dar voz a quienes atraviesan esta realidad y mostrar que el duelo no es solo tristeza: es también amor, memoria, identidad y reconstrucción. El segundo es educar a la sociedad: invitar a quienes escuchan a no huir del tema, a no convertir a los padres huérfilos en “intocables”, y a comprender que acompañar no requiere frases perfectas, sino presencia, respeto y disposición a sostener la conversación. La emisión deja instalado que hablar de la muerte —y de la muerte de un hijo— no es morboso ni destructivo: puede ser un paso necesario para que el dolor no se convierta además en soledad. 

 

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