En el episodio “Estados de conciencia” de Conecta2 x el Alma (Acércate Radio), Paloma Cava dialoga con Jorge Carrasco sobre cómo funciona la conciencia humana y por qué la forma en que pensamos condiciona nuestra experiencia de vida. La conversación se centra en una idea esencial: no vivimos la realidad “tal cual es”, sino que la vivimos filtrada por estados de conciencia que cambian según nuestra identificación con la mente, nuestras emociones y nuestro nivel de presencia. Desde esta mirada, comprender los estados de conciencia no es un tema abstracto: es una herramienta práctica para reducir sufrimiento, aumentar claridad y transformar la manera de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás.
Carrasco propone empezar por una pregunta fundamental: ¿qué es el ser humano? Su respuesta apunta a que no somos solo un cuerpo ni solo una historia personal, sino una forma de conciencia que habita un organismo y se expresa a través de él. El problema aparece cuando esa conciencia se confunde con el contenido mental —pensamientos, recuerdos, creencias, juicios— y termina creyendo que “eso” es la identidad. Muchas personas, sostiene, viven identificadas con su narrativa interna: “yo soy esto”, “a mí me pasa aquello”, “yo siempre he sido así”. Sin embargo, esa identidad psicológica no es fija ni necesariamente verdadera; es, en gran medida, una construcción hecha de interpretaciones aprendidas y repetidas.
En este punto aparece uno de los ejes del episodio: la mente como generadora de una ilusión de separación. La mente tiende a dividir la realidad en opuestos: yo/otro, bueno/malo, éxito/fracaso, seguridad/peligro, pasado/futuro. Esa división no solo organiza la experiencia; también puede fabricar conflicto. Cuando el “yo” se percibe separado, aparece la defensa, la comparación, la necesidad de control y la sensación de amenaza. En lo personal, esto se traduce en ansiedad, culpa, miedo, irritación o tristeza sostenida. En lo colectivo, se refleja en choques de identidad, discriminación, polarización, violencia y dinámicas de poder. La separación, entonces, no se presenta solo como un concepto filosófico, sino como la raíz de muchas tensiones internas y externas.
Carrasco enfatiza que la mente humana tiene una capacidad particular: puede creer sus propios constructos como si fueran hechos. Un pensamiento aparece (“no valgo”, “me van a rechazar”, “esto va a salir mal”), se repite, se carga de emoción y, con el tiempo, se vuelve una “verdad” incuestionable. Así, la persona no reacciona a lo que está ocurriendo, sino a lo que su mente está narrando. Este mecanismo crea un círculo: el pensamiento genera emoción; la emoción refuerza el pensamiento; y el conjunto construye una realidad subjetiva cada vez más cerrada. Bajo este funcionamiento, el sufrimiento no depende únicamente de los acontecimientos, sino de la interpretación que hacemos de ellos, de lo que creemos que significan y de cómo esa interpretación alimenta miedo o resistencia.
Aquí es donde el episodio introduce el núcleo del tema: los estados de conciencia como diferentes formas de percibir y habitar la vida. Carrasco distingue, de manera general, entre una conciencia “ordinaria” —dominada por automatismos mentales— y una conciencia más amplia u observadora, capaz de presenciar lo que sucede sin quedar capturada por ello. La conciencia ordinaria suele estar absorbida por el ruido interior: rumiación, anticipación, defensa, justificación, autoexigencia. En ese estado, la persona vive “dentro” de sus pensamientos. El problema no es pensar —pensar es útil— sino identificarse con lo pensado, confundir pensamiento con realidad, emoción con identidad.
En cambio, un estado de conciencia más amplio se caracteriza por la presencia: la capacidad de observar el pensamiento sin ser arrastrado por él. En lugar de “soy mi miedo”, aparece “estoy sintiendo miedo”. En lugar de “soy un fracaso”, aparece “estoy teniendo el pensamiento de fracaso”. Este cambio parece sutil, pero implica una diferencia enorme: abre un espacio interno donde surge libertad. Desde ahí, la persona no necesariamente evita el dolor, pero reduce el sufrimiento añadido por la resistencia (por ejemplo, pelear con lo que se siente o exigir que la vida sea distinta a lo que está siendo). La observación consciente no “anula” emociones; las integra sin convertirlas en una cárcel.
El diálogo también subraya que expandir conciencia no requiere ideas místicas ni una vida retirada: puede comenzar en lo cotidiano, al notar cómo opera la mente y al entrenar una atención más limpia. Carrasco sugiere que muchas vías terapéuticas y de trabajo interior apuntan a lo mismo: dejar de combatir el contenido mental y aprender a relacionarse con él de forma más sana. La mente, vista así, no es un enemigo a destruir, sino un instrumento. El conflicto aparece cuando el instrumento toma el control y se convierte en el “dueño” de la experiencia.
En relación con la salud emocional, el episodio plantea que gran parte del malestar psicológico se sostiene porque la persona cree automáticamente en lo que piensa. La ansiedad, por ejemplo, suele alimentarse de anticipaciones; la culpa, de interpretaciones rígidas del pasado; la tristeza crónica, de historias repetidas sobre pérdida, carencia o falta de sentido. Cuando la conciencia está identificada, esos relatos se viven como inevitables. Cuando la conciencia observa, aparece la posibilidad de cuestionar, de respirar, de sostener lo que hay y responder con más lucidez. En esta perspectiva, la libertad no consiste en controlar la vida, sino en transformar el vínculo con la mente: reconocer que los pensamientos son eventos mentales, no decretos.
El episodio aborda también la dimensión social: Carrasco sugiere que muchas dinámicas colectivas se mantienen porque la conciencia humana opera desde separación y miedo. Por eso, lo que se llama “paz” a veces es solo una suspensión temporal del conflicto; si no se transforma la raíz interna —la identificación con ideas y la percepción del otro como amenaza—, los problemas reaparecen. La propuesta no es ingenua ni meramente moral, sino estructural: si el estado de conciencia determina la forma de percibir, entonces cambiar el estado de conciencia cambia el tipo de decisiones, relaciones y sistemas que construimos.
En síntesis, el programa concluye con una invitación clara: explorar los estados de conciencia como un camino de vida. El primer paso no es “ser perfecto” ni “no sentir”, sino darse cuenta. Darse cuenta de cómo la mente narra, de cómo el cuerpo reacciona, de cómo se construye la identidad, de cómo el miedo y la defensa estrechan la percepción. Y, desde ese darse cuenta, abrir una nueva posibilidad: habitar el presente con más atención, mirar los pensamientos sin obedecerlos ciegamente, reconocer la emoción sin quedar definido por ella y relacionarse con la vida desde una conciencia más amplia. Para Carrasco y Cava, esa ampliación no es un lujo espiritual, sino una vía concreta para vivir con mayor claridad, menos conflicto interno y más conexión con lo esencial.
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